Porque están ahí (a Miguel Ángel Pérez Álvarez)

2014-07-31T07:40:00+02:00 julio 31st, 2014|Noticias|0 Comments

 

«Porque están ahí«. Esta fue la contestación que dio a un periodista George Mallory en 1923 cuando le preguntaron sobre el motivo que le impulsaba el acometer la ascensión del Everest, cumbre que hasta la fecha todavía no había sido conquistada. Esta  lacónica expresión pasó a la historia, pues sin entrar en mayores disquisiciones expresaba el extraño magnetismo que las montañas ejercen sobre los hombres y que desde tiempos inmemoriales guían los pasos de muchos de ellos hasta sus cimas.  Aquellos que no experimentan esa atracción por las cumbres consideran tal explicación absurda o inconsistente. Sin embargo, quienes la sienten profundamente no solo entienden que es adecuada,  sino también plenamente convincente.

Ayer, miércoles 30 de julio, casi de madrugada, nos sacudía la dolorosa noticia de que nuestro querido amigo Miguel había fallecido en su expedición a la cima de una de las montañas más altas del planeta, el K2. A la incredulidad inicial ante la noticia inesperada siguen las fases de desasosiego y consternación hasta que la realidad se adueña de todo y las preguntas empiezan a taladrar tu mente en busca de respuestas que intenten dar lógica a algo que se nos escapa, donde la cuestión de fondo es ¿porqué?… siempre porqué. Nos empeñamos en buscar explicación a esa vocación de subir cumbres, cuando realmente la respuesta solo se encuentra en el interior de cada uno.

El caso de Miguel Ángel era muy especial. No resulta habitual encontrarte con un alto ejecutivo de una multinacional acudiendo año tras año a las cumbres de más de ocho mil metros del planeta. La horas de dedicación, el esfuerzo personal y profesional o el nivel de responsabilidad que exige estar rindiendo en tu empresa al máximo nivel, pueden parecer incompatibles con las exigencias físicas, técnicas, o simplemente con la preparación y entrenamiento que requiere acometer una expedición a alguna de las cumbres más altas del planeta. Sin embargo, quien conocía a Miguel sabia que estando tremendamente orgulloso de su actividad profesional, para él representaba simplemente un medio para ganarse la vida y poder hacer lo que más le gustaba del mundo, que era escalar montañas, y cuanto más altas, mucho mejor, aún consciente de los riesgos que ello entrañaba. Muchos compañeros de ascensión se han ido quedando para siempre en las montañas del Himalaya; el ochomilismo es peligroso, comprometido, exige dedicación y un esfuerzo económico escribía Miguel en el libro de Historias en la cima del Mundo que publicó hace tan solo unos meses. Pese a todo, añadía Miguel, hay algo que a unos cuantos nos sigue empujando a continuar. Para mí no tiene que ver con records o colecciones. Completado mi octavo ochomil, sigo sin querer pensar en los seis pendientes hasta los catorce. No quiero centrarme en listas, sino en la ilusión de la expedición de cada año.  Nada temo más que la posibilidad de que mi pasión se pudiera convertir en una obligación«.

Cuando la muerte sobrecoge nuestros corazones ante la pérdida de un ser querido los intentos en buscar una explicación convincente y racional a las preguntas que nos acosan se pueden convertir en obsesivos, búsqueda que será en vano cuando la explicación escapa a la razón. Cada cual es dueño de sus pasos y en el mejor de los casos, puede decidir hacia donde los dirige.  Son muy pocos los que pueden lograr que sea su pasión la que sirva de rumbo a los mismos. Nuestro amigo Miguel era uno de ellos y desde que tomó la determinación de seguir ese camino fue invariablemente conduciendo su cuerpo hacia las cumbres que su mente iba soñando en todos los confines del planeta. Precisamente por eso él mismo se consideraba un privilegiado: Lo que siento hacia las montañas es sobre todo agradecimiento, le gustaba decir y así lo dejó escrito en su reciente libro.

Se nos ha ido un amigo con el que muchos de esta tierra habíamos compartido momentos muy intensos, tanto en su etapa profesional en la Junta de Castilla y León como, sobre todo, en las infinitas rutas por las montañas de todo el mundo en los años siguientes a su paso por Valladolid. Ante un vacío tan intenso, no cabe más consuelo que mirar al pasado y recordar lo que disfrutamos juntos de aquellos momentos vividos en esas cumbres que tanta felicidad le aportaban, con la extraña, y al tiempo reconfortante convicción de que ahora su lugar está en una de las montañas más bellas del planeta, desde la que sonreirá con la satisfacción de contemplar el mundo desde lo más  alto.

Nacho Sáez

Fuente: texto publicado en el periódico El Mundo en su edición de Castilla y León el 31/07/2014

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